Morir de amor
Por José Carrera L. | 19 August 2011 | Categoría: Portada | 0 comentarios »
Meses atrás, en Febrero, murió la actriz francesa Annie Girardot.
Al saber de su muerte recordé a Nadia la protagonista de “Rocco y sus hermanos”, película dirigida por Luchino Visconti que tuvo a Alain Delon como actor principal.
En días pasados, con sorpresa, volví a escuchar una protesta hecha canción, autoría de Charles Asnavour, esta vez interpretada en dueto con el cubano Compay Segundo.
“Morir de amor”.
La canción fue el tema musical de la película de igual nombre, que el francés Andre Cayatte filmara en 1971, basándose en la historia real de Gabrielle Russier.
Gabrielle Russier era una maestra de colegio secundario quien a la edad de 32 años se enamoró apasionadamente de uno de sus alumnos. Los padres de él, la denunciaron por corrupción de menores ya que el alumno cumplía 17 años. Un jurado la sentenció como culpable y fue condenada a doce meses de prisión.
Estando en la cárcel la profesora, se suicidó. Esto acaeció en 1969.
El filme estuvo seleccionado como la mejor película extranjera de 1972, para los premios Globos de oro y fue protagonizada por Annie Girardot.
Creo que tales injusticias, han hecho que la Justicia vende sus ojos.
Un dia de la veintena del mes de Julio, recibí la llamada de mi sobrina Cristina quien solicitaba compusiera yo, una sesíón fotográfica sobre la vida en pareja de sus padres que pronto cumplirían 50 años de estar juntos. Me haría llegar las fotografias familiares existentes.
Viejas estampas, algunas sucias de tiempo y maltrato, con rasguños de necesidad, tristeza, abnegación y otras quizá, entintadas de callado regocijo con efigies de tres pequeños sostenidos de la mano o acunados en la caricia de unos brazos solícitos.
Si. Las fotos son imágenes de un instante estampado en cartulina.
Instantes de tonos grises y coloridos íntimos que dejan leer palabras no escritas y han tiznado de nostalgia una incontable gama de sentimientos de evidente presencia.
Trayectos detenidos en páginas de apariencia muerta, descritos y retratados vívidos en ese ayer presente, que han dormitado entre las hojas de un álbum empolvado en el estante, allá arriba.
Evocación de un calendario desgranado en silencio que susurra a los ojos, pena y entusiasmo enredados sin contrastes, ya que se han acicalado con los años y afloran con añejado incienso, cada vez que se atisban.
Un pedazo, un destello de la vida en conserva.
El grupo de fotos arropa la etapa infantil, la adolescencia, juventud y edad adulta de cada quien y en conjunto, de los cónyuges y sus criaturas.
La infancia en hogares de un villorrio donde la adusta imagen de un padre exigente, imponía obediencia a su voluntad, con solo miradas y silencios.
La letra con sangre entra, decían los instructores de la escuela.
Adolescencia y juventud sin pesadumbres, con el anhelo de pronto llegar a ser adulto.
La madre de Cristina, es mi hermana menor, Lola.
En esta fecha ya tiene lista la bata para lucirla en el festejo de sus bodas de oro de casada.
Un noviazgo con Hugo, a escondidas, con complicidad de su hermana mayor para emprender en matrimonio sin dinero, sin proyectos de futuro, sin ambición. Quizá la consigna de intentar ser felices, ya que el cielo proveerá… Vivir de amor.
Dos de sus hermanos residentes en la ciudad grande, avalaron a la pareja y sus tres vástagos que llegaban en busca de la educación mejor de los pequeños.
Las imágenes se suceden austeras, cautelosas, severas, casi ausentes de alegría. Quizá una abnegación aprendida como norma y la sentencia de un matrimonio, que “Dios ha unido para toda la vida”, enlazan los retratos en un marco donde un anhelo continuo por matizar de logros la confianza, se ve a momentos marchito.
Me viene a la mente una oración aprendida:
“Señor, en tus manos encomiendo el día que ya pasó y la noche que llega.”
Cada una de las fotografías la reza en forma manifiesta porque están nutridas de llaneza y su mañana da un paso adelante, a pesar de que la soledad se esconda tras la puerta; pero… ya se irá.
El cariño, destrenzado con bondad y tesón a cada paso de la noche y el dia. es el guardián en la aurora y el arrullo en el crepúsculo.
El laurel se perfila entre zarzas que hay que podar, abonar y enlucir. La palma ha de llegar porque, sin ser la meta final, es la cumbre de la cima donde está la esperanza.
Los sueños fatigosos, sin ser pesadillas, son duros de despertar.
Como a su amiga Inés, un sendero de rosas en neblina le vislumbra una colina distante donde las manos burbujeantes de los hijos enarbolan unos brazos pequeños en la cima. ¿Si?
Amaneció alli … y aquí.
¡Despierta!
El mar como el amor es inmenso, profundo, anhelante por alcanzar la playa.
La promesa está más allá del horizonte… a la espera…
Vivir de amor, morir de amor.