Domicilio Conyugal

El cine nos cuenta una historia de amor donde la vida es un instante, con flores de colores cambiantes mientras cruza la pasión en poesía y declama que el suicidio sería más romántico en pareja.
La película filmada en 1970 de la mano de François Truffaut, secuencia de “Besos robados” de 1968, muestra al personaje niño de “Los 400 golpes” Antoine Doinel ahora joven y casado con Christine, una profesora de violín, en medio de un triángulo amoroso con la abeja reina japonesa, Kyoko.
Antoine ama la vida y ama la libertad de una manera muy particular, que irrespeta lo socialmente acordado. La disparidad entre la fidelidad al hogar y el anhelo de libre independencia, junto al miedo a ser domesticado, acabarán en el revés paradójico, de querer, al mismo tiempo, prescindir y gustar de lo establecido.

Si, un sueño disparatado, pero ingenuo y romanticamente encantador.

¡De película!.

La experiencia de casos leídos o comentados entre amigos, que fueron vividos en pareja, ha escrito en cada mente una sucesión de diálogos indistintos pero afines en su inconsistencia, que nos impulsan a reir con el sabor estúpido de un recuerdo amargo que no debió ser.

Ojo por ojo… lo dulzón de la venganza.
A Franco le preocupaba su oído. Luego de varias intervenciones médicas, se sentía estafado e incómodo con el auricular que no lograba adecuar para escuchar tanto los sonidos altos como los leves. En su insatisfacción y rebeldía quería inculpar a alguien de su frustración convertida en trauma emocional que lo hacia sentirse incompetente y disminuido. A su lado estaba Ana la esposa, quien le había animado a confiar en ese cirujano de prestigio.
- “Claro, fui un estúpido en obedecer a mi esposa”.
Algúna vez, sumido él en su desengaño, ella se brindó amorosa en procura de una relación íntima.
Herido y transtornado en su resentimiento, le espetó:
- “Ya no quiero hacer el amor contigo”.
Ana se sintió humillada, se calló. Ya pensaría en cómo proceder.
Pasaron las semanas y una tarde ella le dijo:
- “Sabes, ya no estoy enamorada de ti, puedes conseguirte otra mujer y no quiero ninguna relación sexual contigo ni con nadie”.
No he vuelto a verlos juntos.

¿La ley del talión o mostrar la otra mejilla?
¿Què sería lo mejor?

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