LA DUQUESA
Por José Carrera L. | 23 May 2011 | Categoría: Portada | 1 comentario »
“Amor y bendiciones, mi dama, déjame prender mi pipa con tus ojos”. Esta frase de requiebro dirigida a la “duquesa” se halla impresa para la posteridad.
Lady Georgiana Spencer, la duquesa de Devonshire, es el personaje central de este filme del premiado director inglés Saul Dibb. (Bullet Boy)
La película muestra con detalle las costumbres de la segunda mitad del siglo XVIII y relata la vida social y sentimental de esta hermosa duquesa, que marca el contrasta en un reinado donde la mujer era el destello decorativo del esplendor de la corte y sus palacios, mientras bordaba o tejía a la espera de ser la madre de un futuro heredero.
Georgiana, está presentada en la pantalla, como el ícono de la moda de la época y la anfitriona exquisita entre los miembros del partido “Whigs” con suficiente influencia y perspicacia para recibir las confidencias de cortesanos y ministros. Antes que sufragista, se muestra como una mujer muy comprometida en el quehacer político, al interior y fuera de su bando.
Un acierto femenino en la contienda por la igualdad de género.
Los cuentos y películas de reyes y princesas, los conocí entremezclados con las hadas antes que con ogros y brujas. La historia de la Cenicienta y la Bella Durmiente fue revivida con personajes reales hace pocas semanas por la televisión británica.
El reino en mi insegura juventud, era una verde loma en la montaña, adornada por riadas de nubosas ovejas que arreadas por la llovizna bajaban en celajes por la ladera a dormitar en la planada junto al pilar de ladrillos oscuros de las “casas quemadas”. Un sol tibio y timorato iluminaba de pronto las alineadas viviendas de madera y tierra con tejados enhiestos, el aire fresco y sus pardas golondrinas… El hogar de mi infancia, la patria chica, mi pueblo…
Recuerdo allí la imagen grata de una delicada niña de cinco años: la “duquesa”.
Esbelta y ligera, como el tallo y la espiga del trigo que ondulaba allá, frente a la casa de mis padres, era una fina criatura contemplada con mimo en el entorno familiar vecino.
La ilusión acicalaba sus mejillas y su mirada tímida aplacaba cualquier mal rato, indignación o enojo, con la inocencia compartida.
Si, recuerdo bien: Su sencillo candor, apaciguó aquel incierto mundo mío.
Su madre la vestía grácilmente con telas cuyos nombres no olvidé, “tafetán, cubierto de tul, organdí o muselina con adornos de encajes o guipiur”. Era la danzarina de las cajas de música.
El parque del pueblo en los días de misa, se trajeaba de fiesta ignorando el viento frío.
Le tendí mi mano y dije:
- Duquesa, iremos al parque, pero antes pasaremos por la pastelería.
Se alegró con los brazos extendidos.
Su sonrisa se abrió al sol y los pequeños dientes mordisquearon mi cariño con un tibio aliento de aquiescencia.
- Sí, vamos.
Al abrir su manita para coger el “aplanchado” que le ofrecía, me mostró una moneda diminuta. Le dije que yo había pagado y que su moneda tenía un valor pequeño.
- Duquesa, de este lado está el escudo del país y en el contrario el valor que representa. En la vida encontrarás “reales” de distinta apariencia que tendrás que identificar en su valor debido.
En el parque, las personas vestían ropa de domingo.
Al “dar una vuelta”, la gente nos miraba y saludaba al pasar y yo presumía de tener a mi lado una duquesa.
Es que llevaba de mi mano un sonrojado blanco lirio.
{Muchas veces me vi triste en su mirada, pero ella era feliz.}
Imagen: Cinefilo
A modo de continuación con otro relator de muchos menos quilates narrativos y poéticos: La duquesa fue creciendo al ritmo de la vida y sus vaivenes. No encontró un príncepe azul, pero sí un compañero que la ama inmensamente, la valora y respeta. La duquesa se hizo adulta y asumió el rango de reina, mi reina mora.