El Séptimo Cielo

septimocielo1Mientras esperaba el almuerzo en casa, encendí la TV y pude ver durante instantes, la repetición de un capítulo de una serie familiar llamada “El séptimo cielo”. Trata sobre problemas de familia donde la impaciencia o el excesivo celo, impiden tener una actitud comprensiva y tolerante, como paso previo para encontrar solución a los hechos que incomodan al entorno familiar.

Ayer encontré a un antiguo condiscípulo de colegio. Me preguntó por mi paz y salud y le respondí que normal, dentro de las humanas vicisitudes.

-¿Y tú, cómo estás?

Me relató una historia cotidiana que tenía que ver con su familia.

Admiro los mensajes que los evangelistas divulgaron como expresiones del sentimiento y pensamiento de un hombre llamado “Jesús, el Hijo de Dios”.

De entre esos mensajes jamás podré olvidar éste, que lo considero una advertencia: ‘Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre’.

Me casé demasiado joven y junto con mi inexperiencia aprendí con dolor la realidad de mi incompetencia en conseguir resultados con eso de “Dios proveerá”.

Al cabo de diez años, la pareja se hubo desbaratado. Me alejé de la ciudad con esa sentencia bíblica en mi mente: “Lo que Dios ha unido…”

El tiempo transcurrió años más y en una charla, a un sacerdote le oí decir como comentario de los problemas matrimoniales del ‘Grupo Familiar Cristiano’ que él dirigía:

“No todos los casos que promueve el hombre, bajo la invocación de la bendición de Dios, son respondidos o apoyados. ¡Cómo Dios va a unir con bendición la estupidez de dos adolescentes que deciden casarse para cohabitar o porque la chica está embarazada, o por la conveniencia económica o por la decisión previamente adoptada por los padres, o…”!

La unión ratificada por Dios, exigía del amor indiscutible y su diario cultivo como cláusula indispensable para merecer la dádiva de una bendición divina. Bien.

Pero, lo mejor de ese instante, fue la inmediata placidez de mi conciencia, que superó la presumible desobediencia de fe.

Reconozco que fue un acto irresponsable de mi juventud y Dios sabrá juzgarlo.

Así lo sentenció y continuó.

Teresa es parte de mi entorno familiar.

Una amiga especial, después de un encuentro casual en Bogotá. La reconocí ya mujer, junto con su esposo, de paso a Cartagena en su luna de miel. A pesar de la gripe, la expresión de su rostro fue dulce y hoy como entonces, treinta y tantos años después.

Pero…

Teresa debe sentir lo que mamá sufrió con mi separación matrimonial. Y como lo hizo mamá, habrá manifestado desacuerdos y reproches por la conducta de su hija, que al igual que yo, hubo de terminar con su relación conyugal.

Por eso está irascible. Su dulzura está ausente.

Nos duelen los hijos. En esa desesperación, tratamos de imponer criterios y en lugar de comprender, prohibimos; en lugar de un abrazo, denotamos desdén; en lugar de compartir su angustia, nos declaramos ofendidos.

Nos enfurece que los consejos y opiniones impartidos como padres, hayan sido presuntamente desacatados y desobedecidos. La frustración aumenta en egoísmo por imponer presuntas verdades personales.

“Te lo dije”

Los hijos son fruto del amor y conocen sus beneficios. Aprendieron del ejemplo que dimos y escucharon nuestras enseñanzas. Compartieron los errores y aciertos y como individuos, necesitan de atención y cariño sin réplicas.

Con los años encima, lo cierto es que en la edad adulta de los hijos, los padres no somos indispensables. Nuestra ausencia, de cualquier manera, será solo un recuerdo. De nosotros depende que sea de provecho trascendente.

Dio una palmada en mi rodilla y prosiguió:

-Tengo presente en mi memoria el abrazo de mamá, cuando al disculparse me dijo: “Creía que hacía lo correcto”

Es difícil cimentar una familia y en este empeño buscamos hacer lo correcto, aprendiendo de errores e ineficacias.

La bondad del error, es la oportunidad de resarcirlo y la eficiencia es resultado de la maestría.

Pienso que lo aconsejable es dejar que los hijos solucionen con libertad sus contratiempos como bien o mal lo hicimos nosotros. Solo debemos acudir si nos piden ayuda.

Protegerlos, como cuando fueron niños, los tornará incompetentes.

Se lo diré a Teresa.

“No dejes que las dificultades de tus hijos, nublen la afabilidad de tu rostro y su ternura.”

Imagen: Footsteps of Life

2 comentarios
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  1. [¡Cómo Dios va a unir con bendición la estupidez de dos adolescentes que deciden casarse para cohabitar o porque la chica está embarazada, o por la conveniencia económica o por la decisión previamente adoptada por los padres, o…”!]

    Es muy cierto!!! La verdad es que muchas veces nosotros esperamos que Dios nos bendiga pero si no ponemos de nuestra parte y cultivamos diariamente el amor, ¿Cómo esperar que Dios nos de su bendición?

  2. es una pelicula muy bonita ya que no hay violencia y trata de valores y moral que se ha perdido en este mundo quisiera que la den en ecador que tanta falta hace

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