Producto interno

volonteEsta afición al cine…

Recuerdo una frase de Gian Maria Volonté en una escena de “La clase obrera va al paraiso” de Elio Petri: “El hombre no es más que una fábrica de mierda”.

Pues de alguna manera. Lo experimenté con el perro mascota de mi hijo, al que enterraba yo sus heces bajo matas de arbustos. Sabía que era un abono natural elaborado por el perro que exhibía en el collar su nombre de fábrica: Tony. Algún envidioso comedido lo envenenó y las matas del jardín perdieron ese tan bien dosificado abono, producto interno del bruto propietario de esa viva factoría: Tony.

¿Qué te sientes mal, que te duele esto y aquello? Pues nada mejor que ya, sin consejo médico, puedes coger a la salida de bodega, un poco de tu producto interno y llevarlo a examinar donde el adecuado perito, para ver el resultado. En mercadotecnia se exige el control de calidad. Al día siguiente o quizá antes, todo depende de la producción global, el exámen te dice que hay falla en el artículo, ya por infección de tu intestino, ya por la acción sindicalista de bacterias y amebas, o que tu sangre ha entintado su típico color o que el color no es típico, sino con tópicos extraños en forma de lentejas y trigo, que reflejan la falta de atención que tuviste en el manejo de aceites y moliendas y en el mal uso de aquellas herramientas y materias primas.La escasa demanda ha dado un incierto destino a este fruto. Ha hecho que los ríos arrastren la fecal materia que la ciudad produce en provecho de insectos y roedores y también de vivos y muertos. Muertos que para allá se fueron y vivos que aprovechan de este elaborado para saciar su rabia que nada tiene de canina.Y que decir de ciertos extranjeros que a su llegada oyen de este destino turístico.

Desplegada está una gran industria para bodegaje, preservación y tratamiento de nuestro mejor producto interno. Baños, bidets, papeles de tersura A, blancos, con florecitas, perfumados. Tazas ergonómicas para sentarse a producir, mejor llamadas sanitarios, de calidad y color exhibidos en grandes ventanales y pantallas de TV.

En forma casual, la pareja formada por Susana y Gerardo, fueron parte de nuestra audiencia en el “cine en casa”. La confianza anudada por el pasar del tiempo, hizo que cada cual sacara a relucir lo mejor de su carácter y lo peor de su comportamiento. Alegres, gritones para festejar un chiste y atentos para contradecirse en cualquier pretexto y con qué lenguaje.

-No soporto ya a este sucio. Se orina fuera del baño y deja destapado el sanitario cual si fuera una vitrina de su mierda.

-Oye Gerardo, comenté con él, Susana dice que dejas levantada la tapa del sanitario de tu baño.

- Claro, es mi costumbre, así me enseñaron en casa… La tapa era usada para cubrir la taza si estaba sucia y si por falta de agua o presión de la misma las heces no habían seguido su curso a la alcantarilla. Me dijiste que algún actorcito de tu arte-cine, había comentado que somos fábrica de mierda. Pues bien, si el producto por alguna razón no ha cubierto la demanda, hay que ocultarlo a la voracidad del mercado, ¿no es así? Ja, ja, ja.

En casa, debíamos tener la tapa alzada para mostrar que cada uno de nosotros, éramos siete, dejábamos el sanitario limpio y disponible para uso del siguiente. Cuestión de costumbre, ya te dije.

-Sabes que esto me dice Gerardo, le conté a Susana y además dice que recuerda que ni siquiera tenía tapa el baño de la casa de tus viejos.

No me agradaba ese papel de lleva y trae, de chismoso inclemente; pero de alguna forma, no sé cómo, quería ayudarles, quería que entendieran lo estúpido del tema.

-Con que quiere pelea, ¡ah!, pues la va a tener. O hace lo que digo o….

La pareja se alejó. Alguna llamada telefónica de mi esposa invitándoles a ver un clásico de Fellini o Bergman terminó en:

–Ya veremos.

Me enteré por la gente. En una más de sus tantas discusiones y peleas por el susodicho tema, Gerardo había decidido quitar la tapa del sanitario. No fue primera vez, pero en esa ocasión había llevado una pesada llave de tubos y arrodillado para poder desenroscar tornillos, seguía la tarea bajo los gritos, protestas e insultos de su cónyuge.

-O dejas de hacer eso o…

La pesada llave había golpeado la espalda de Gerardo al que hallaron acurrucado en codos, pegado a la pared.

-Debes visitar a Gerardo, está en el hospital. Sufrió una fractura en la columna vertebral y va a necesitar de tiempo para recuperarse si no queda inválido.

Mientras tanto la bruta de Susana está en la cárcel. Los hijos ya están grandes y tienen abuelos que los quieren.

Alguna tarde fui al hospital y pregunté por Gerardo. La enfermera, después de colgar el teléfono, dijo:

-Dice el señor que le tienen prohibido las visitas.

El hombre es una fabrica de mierda. El comportamiento mío, tuyo, de todos, hace que vivamos casi siempre, embarrados.

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